martes, 5 de septiembre de 2017

no son días de escribir
son días de hacer
de estar con la gente
días de vivir los últimos de su tipo
después vendrán otros
nuevos
los que imagino y los que no
tiempo de aventura
que es: algo de lo que sos responsable
la voluntaria providencia
la acción está
entre el tiempo de soñar
y el de vivir el sueño
no hay chance escritura
que es: sueño en acción
capaz me contradigo, no sé
mis vecinos pusieron fuerte la música
no creo
que vuelva a mirar
la coronita de novia
desde la ventana de mi pieza
floreciendo poco antes de la primavera
o si, pero nunca de esta forma:
siendo todavía la que sueña
o escribe o adolesce
la que todavía no soy

sábado, 1 de julio de 2017

¿Para qué sirve la historia?

Todos nuestrxs estudiantes nos hacen esta pregunta, que generalmente evadimos pidiéndoles volver al tema del que pretenden desviarnos. Pero la pregunta es pertinente, y creo que en el ensayo de su respuesta (porque algo que no tienen historiadores e historiadoras son respuestas cerradas) podemos encontrar algo útil para todos. Uno nunca se termina de reconciliar con lo que hace, y no puedo decir que esto sea una respuesta a la pregunta del título; voy a hablar entonces de para qué siento que la historia me sirvió a mi. 

Lo que yo creo es que el objetivo de estudiar la historia no es obtener un mayor conocimiento sobre las cosas ocurridas en el pasado, ni siquiera –perdón a mis colegas- sobre los procesos que condujeron los cambios sociales.

Lo primero lo descartan de plano todos los trabajos “serios” en la materia: no importan los hechos en si sino el proceso. Lo segundo está más cerca de nuestro objeto y puede terminar ahí: ¿qué es lo que hace que nuestra sociedad sea como es, que yo sea en cuanto sujeto social, como soy?

Pero podemos estirar un poco más el análisis hacia lo que yo considero que es el elemento más valioso de la historia como ciencia social, es decir, el modo en que esta comprensión de los procesos sociales nos da la posibilidad de pensar la dimensión del cambio, la constante transformación a la que se ve sometida la realidad, una transformación que no ocurre por la gracia de dios o de la naturaleza sino por la acción humana. Entender eso es el primer paso para poder tomar la acción en nuestras propias manos. 

Frente al nihilismo de café del “mundo siempre fue y será una porquería” es fundamental que generación a generación nos recordemos esta capacidad sobrenatural que tenemos las personas comunes de cambiar nuestro destino. Eso es lo más grande que podemos lograr, ser dueñas y dueños de nuestras propias vidas, ante tantos intereses que está todo el tiempo tratando de colonizar nuestra libertad.

Estamos viviendo una coyuntura de terrible avasallamiento de los derechos civiles: peligra nuestra calidad de vida, nuestras posibilidades de desarrollarnos plenamente como seres humanos, de soñar un poquito más lejos. Peligran nuestras existencias físicas. Pero también estamos viviendo un contexto de movilización de sectores marginados como nunca antes, estamos saliendo a la calle, abrazando nuevas identidades políticas y politizando viejas identidades de género, sexuales, ideológicas. Hay una realidad que pide cambio y ahí entra la dimensión histórica: podemos cambiar. Y acá entra la reflexión sobre la historia, para, como pedía Benjamin, “en cada época (…) esforzarse por arrancar de nuevo la tradición al conformismo que pretende avasallarla.”

Por ahí me voy por las ramas, es una desviación profesional. De nuevo, a lo mejor la respuesta se puede ensayar parafraseando a Galeano: ¿para qué sirve la historia? La historia sirve para caminar.

domingo, 4 de junio de 2017

control remoto

you gotta get
your shit together
le dijo ella
y él la agarró
de la melena negra y enrulada
y la tiró encima de la mesa
ahí cambiás porque te parece
muy violento
para la hora de la cena
y sabés que a mí no me gusta
poné de última a tinelli
te digo
aunque detesto a tinelli
pero un montón de minas en pelotas
no es más violento
que el marido de la negra
ni que el silencio
de esta vida juntos
tan parecida a la soledad

viernes, 2 de junio de 2017

El aguacil

el otro día
había un bicho de esos
un aguacil
todo negro
como un cadáver de cenizas
después del fuego;
quise tocarlo
para que se deshaga
quise romperlo
pero el bicho
salió volando
ni enterado
de haber sido un pedazo
de arte
o de carbón.

jueves, 9 de marzo de 2017

po-sen

El buda posmoderno se viste de yeso y sonríe ante la perspectiva de acabar, como Marilyn, serializado.

lunes, 2 de enero de 2017

ejercicio

Dicen que para escribir bien es necesario editar. Cortar todo lo que sobra, eliminar lo superfluo. Leer y volver a releer, en orden de detectar redundancias. Hacer de una idea que puede parecer compleja una forma que resulte simple de entender. Pisotear un poco (o con ganas) el propio orgullo y desafectarse de ese apego a las palabras. Así lograremos comunicar de una forma llana, concreta, accesible. 

martes, 27 de diciembre de 2016

Esa parte de tu mente que no es tu cabeza

Este año me empezó a gustar la poesía. Antes no me gustaba, decía, porque no la entendía. Pero no era eso; o sí, pero de otro modo. Es así: la poesía (simplificando terriblemente no-me-maten) no tiene una estructura fácilmente aprehensible por el intelecto. Digamos, no se puede racionalizar. El relato, la narrativa, al menos el noventa y cinco por ciento de la narrativa que tenemos disponible, se basa en ciertos presupuestos y relaciones lógicas que nosotros lectores podemos ir desentrañando racionalmente para recrear el sentido de la historia, el denotado y el connotado, pero siempre tendiendo a algo que podemos analizar. No voy a decir que la poesía está libre de todo análisis, pero el elemento primordial es otro. Te agarra de atrás, desprevenida, y le habla al oído a esa parte de tu mente que no es tu cabeza, que no "piensa", que no racionaliza sino que siente y reacciona, intuye, crea. Lo lírico, entonces, está (casi) libre de racionalidad. Al menos, está un cachito antes de lo racional, en ese lugar que aunque no lo puedas explicar decide por qué Fito si y Axel no, chocolate sí y remolacha no, su boca sí y otras no.
Resulta que este año estuve dejando salir a jugar un poco más a esa parte de mi mente, que pobre, tiene que usar factor cuarenta de protección de tanto que hace que no sale al sol. No es casual entonces que andando sin correa me haga manotear esa edición de Capítulo, finita, de un tal Oliverio, o me haga volver a las antologías de Julio Florencio para leer esa sección en verso que había pasado de largo, o merodear ciertas secciones de las librerías que antes me daban alergia. 
Estimada yo: este texto demuestra que no vas a dejar de racionalizar todo lo que te rodea, pero que de vez en cuando, y porque ya estamos grandes, le podés dar un par de cachetazos al logos en la cola.

jueves, 29 de septiembre de 2016

che
creo que voy a escribir
no sé 
si para que me leas pero
al menos
para saber que estoy acá
creo que voy a escribir
alguna vez
si se me cae una idea
che, no sé
creo
que puedo tener algo para decir
mientras espero 
no esperar más
mientras 
creo 
que puedo vivir
y afuera, frío,
otro cielo 
oscurece y me aleja
de la que fui

martes, 27 de septiembre de 2016

discrimino

Hay diferencia.
Entre: estar y ser;
          ser y hacer;
          hacer y poder;
          poder y querer;
                     y desear, y amar.
Entre
       ver y
              creer y
                         saber.
Entre la imagen y la vida.
Entre el dicho y el hecho.
Entre ayer y hoy
                       (y mañana)
Entre vos y yo.
Hay mucha diferencia.
Menos mal.