Girl, You'll be a woman soon..

jueves, 3 de abril de 2014

De lobos y rutinas

Cuando somos chicos jugamos con el cuerpo y la mente, con todo el ser, como una forma de aunar el sueño y la vigilia. Entonces la vida se hace el momento eterno del juego, que puede reiterarse, alterarse, manipularse al gusto del jugador; es un mundo sui generis cuyo fin ultimo es el juego. En este sentido pienso en el juego como el único modo de escapar a la muerte, esto es, de perder la conciencia de nuestra impermanencia para enfocarnos sólo en el acto de ser. 

Mutatis mutandis seguir una rutina (recorrer todos los días el mismo camino) no es más que una codificación desde el universo adulto del mismo tipo de lógica que la del juego: bajo las reglas que nos impusimos cumplir una serie de acciones que nos llevarán a ser nuestra propia persona (¿o personaje?). Volvemos a buscar una estrategia para huir de la muerte omnipresente en el simple acto de inventarnos un mundo donde ella no tenga lugar. 

Por supuesto, todos pasamos la vida jugando en el bosque mientras el lobo no está (hasta que el lobo termina de vestirse y caza a alguno de la ronda que invariablemente continuará su rumbo). Algunos, claro está, tienen la ventaja o la posibilidad de dar rienda suelta a su imaginación, de flexibilizar las reglas del juego para hacerlo propio. El placer de jugar será mayor para ellos que para otros que se encaprichen porque no les gusta ese juego, porque la mamá no quiere que se ensucien la ropa o porque tal les hizo trampa. Una desdicha mayor para todos debería ser la de aquellos que no entren al patio a jugar porque no poseen zapatillas o porque tienen que ir a pedir monedas. 

A no desesperar: cualquiera sea el caso, terminaremos todos en manos del lobo (feroz no se, lobo nomas). Lo importante, desde mi punto de vista, es que cuando termine el juego podamos echarnos al sol, acalorados, riendo porque el juego fue divertido y porque (valga la redundancia) dejamos la vida en él.

lunes, 3 de febrero de 2014

La mujer con la cámara de cine

"En la vida, o en el teatro, cuando vemos un espectáculo, 
siempre elegimos los diferentes planos y los montamos" 
Lev Kulechov.

Los soviéticos, que tanta importancia le dieron al montaje, lo sabían muy bien: recortar planos de la realidad y ordenarlos con un sentido es tambien algo propio del ser humano. Qué fue primero, si el cine o este ejercicio intuitivo del montaje, es dificil de determinar, pero yo me inclino hacia la posibilidad de que la expresión cinematográfica de esta capacidad no suponga su invención sino la reflexión sobre ella.
Respecto a la experiencia cotidiana, creo que el momento en que más consciencia tomo de este ejercicio es cuando viajo en colectivo. Cuando después de un rato de esperar subo al vehículo-ballena y pago mi boleto, intento buscar un asiento junto a la ventanilla. Me acomodo, me calzo los auriculares del reproductor de mp3, y recién en ese momento miro a través del blindex. Arranca el ómnibus, arranca la proyección. 
Dentro de ese rectangulo, el primer encuadre: plano general de la vereda, los negocios y las casas. La gente camina ritmica, homogenea. Pronto aparece un foco de interés, por ejemplo un ciclista, y voy a recortar un plano más cerrado, entero o americano. El ciclista, vestido con equipo profesional, en cada semáforo rebasa al colectivo en que viajo y unos metros más adelante vuelve a quedar atrás. 
Puedo también volver al plano general y hacer un largo travelling por la avenida (si lloviera mejor todavía).
O tal vez, en un semáforo, esperando el ruce de un tren, un plano fijo: una esquina, la vereda ancha y transitada, un edificio grande y viejo (un banco). El sol de la mañana, casi mediodía, esplendido. Hacia la derecha un puesto callejero muy lindo, construido en madera, que vende quesos y fiambres. A su izquierda, apoyada en un poste, una bicicleta roja, con un amplio canasto blanco repleto de limones (muy amarillos ellos). Todo se mueve alrededor, pero los protagonistas del plano son esos objetos inmoviles.
Travelling nuevamente, fragmentos de escenas que quedan truncas: dos señoras con bolsas del supermercado se cruzan, se detienen y se ponen a charlar. Alguién sale de una casa, cruza la calle corriendo, entra a otra casa. Los diálogos, las intenciones, las historias quedan libradas a la imaginación (y al interés) del espectador. 
El encuadre siempre limitado por la ventanilla, que no cambia sus dimensiones, pero que yo hago variar. Elijo, recorto, finalmente monto las imágenes en base a algún criterio desconocido (que es muy parecido a decir "ningún criterio"). Tal vez sea sólo la intuición estética, la busqueda de algo placentero que ver y oir. ¿Que esa no es la finalidad última ni del cine ni de la vida? Claro, tampoco de un viaje en colectivo. El cine viene después, a encausar esta capacidad para que cobre sentido, para que juegue con otros sentidos (transmitir un mensaje, narrar, profundizar ideas).  
Este breve compendio de reflexiones sueltas se limita a proponer más preguntas y reflexión. ¿Cómo terminar este texto? Supongo que como un viaje en colectivo, como la pelicula que construí en este viaje: abruptamente. Me escabullo entre la gente que se amontona en el fondo, toco el timbre unos metros antes de la parada, y cuando se detiene salto el mundo, a seguir rodando. En la vida no hay elipsis.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Como el árbol voy creciendo...



Como el árbol voy creciendo. Desde que broté y mientras sea seguiré creciendo. Hace poco descubrí que no se crece siempre hacia arriba y en línea recta. Por eso, igual que el árbol, voy en todas direcciones y me ramifico. Subo, me entierro, rastreo. Transversal. Ramas que se bifurcan como ríos, como venas, como caminos.  A veces quedan truncas, se rompen o son rotas, y es necesario extender otra rama, buscar nuevos caminos.

Algunas personas son como rocas, duras por dentro y fuera; sin embargo tarde o temprano la erosión del viento y del agua las convierte en arena. Yo quisiera, si puedo elegir, ser como el árbol: ir formando lentamente la corteza, engrosar como testimonio del paso de los años, pero seguir teniendo salvia por dentro, seguir dando brotes verdes, y si tengo suerte algún día poder dar frutos y semillas. De esa manera podré no temer a los vientos fuertes, sino aceptarlos y mecerme con ellos mientras duren. No les temeré a las hormigas, los caracoles y los pájaros, al contrario: les daré cobijo y hasta mis frutos, y así me esparciré. Al menos seré fuente de vida y no un suelo árido y estéril.

Entonces, como el árbol albergo otras vidas, otras formas que a su vez me transforman. También como al árbol las tormentas me dejan amedrentada, los vendavales me derriban, el fuego me abraza a veces, irresistible. Y tengo ciclos, estaciones en las que despliego una vida nueva, seguidas de otras en las que parezco una madera muerta y olvidada. Pero si queda algo de vida en mi interior seguiré brotando, una vez más.

Ya sé que soy mujer y no árbol. Que para mí es un acto de vanidad querer parecerme a un ser a la vez tan concreto y etéreo, anciano y solitario. A mitad de camino entre el espacio y el tiempo. Pero siendo humana debo desear. Como mujer rio, lloro, bebo, como, amo, rechazo, elijo, hablo, me equivoco, tengo suerte, hago y rompo, acierto, creo, escribo, me destruyo, filmo, busco, callo, abrazo, leo, siento, canto. Todo para crecer, como el árbol.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Un domingo a la noche. Tormenta. Corte de luz. Si bien generalmente un panorama como ese me hubiera puesto del humor más depresivo imaginable, preferí aprovechar la (poca) luz natural que quedaba y de vela para jugar un rato con eso y sacar unas fotos. Esto salió.







jueves, 5 de diciembre de 2013

Videos

A pesar de un pequeño desamor con mis estudios de cine en este año (no por ellos mismos sino porque el mundo me hizo vivir un par de cosas que me llevaron a acobacharme unos meses) he decidido seguir para adelante con esta cuasi obsesión en que se ha convertido la imagen movimiento. Por un lado aunándolo con la carrera que estudié y que ya casi (toco madera) estoy concluyendo, haciendo trabajos de historia que tengan al cine como fuente y tema central. Por otro lado a través de la práctica, y una linda oportunidad para esto vino de la mano de mi amigo Mauro, que en pocos días estrena una obra de teatro y me pidió una mano para realizar unos trailers o spots con el objeto de dar a conocer la obra. Acá se los dejo, opiniones y criticas como siempre son bien recibidas!

Trailer 1 - Por encima de este techo que nos cubre hay un cielo from Emilce Fabricio on Vimeo.


Por encima de este techo, que nos cubre, hay un cielo - Trailer 2 from Emilce Fabricio on Vimeo.

Bien, esto es todo por ahora. Pronto espero subir novedades de algún proyectito que me anda rondando.
Esa taza de café que se enfrío sobre la mesa, disfrutala, significa que estuviste trabajando...

martes, 26 de noviembre de 2013

Sobre Papá Noel y el statu quo

Y si, aquí estoy de vuelta, con un tema bien navideño. O en realidad no. Advertencia: esto no va a ser entretenido, es yo descargando algunas ideas furiosas sobre banalidades. Comencemos. A partir de un comentario leído en facebook me surge una pequeña reflexión para compartir. Resulta que una amiga comentaba la tristeza que sintió cuando a su sobrinita le explicaron que Papá Noel (¿Santa Claus? Por estos pagos todavía no) "no existe". Mi respuesta a esto fue sintética: lo mejor habría sido no mentirle desde un principio. Otra persona, claramente una madre indignada, me acusaba de pensar así porque no tengo hijos, diciendo que pensaría distinto al ver "su carita ilusionada cuando le escriben la cartita". Quise (y quiero) explicar a continuación por qué, a pesar de no ser Madre, puedo opinar sobre un tema que me parece cien por ciento ético: no estoy de acuerdo con la mentira, mucho más de ser innecesaria y que a mediano plazo causará un daño emocional a nuestros seres queridos. He aquí lo que le contesté a mi interlocutora:
"Hola *******! Te cuento mi experiencia. Mis padres nunca me dijeron que existía Papa Noel. Me dijeron, si, que era una especie de cuento: un señor que nos trae regalos, que existe en el mundo de la fantasía, de los cuentos, pero no en la realidad. Igual que cualquier cuento de hadas. Los chicos saben diferenciar fantasía de realidad, saben que un cuento es un mundo imaginario aunque en realidad blancanieves no "vive" en un lugar real, por ejemplo. Con esa explicación en mente, yo igual escribía las cartitas (mi mamá me ayudaba al principio), armábamos el arbolito, esperábamos a Papá Noel, todo con la ilusión de cualquier chica. Pero sabiendo que en el fondo todo era un juego. Así nunca pasé por la experiencia traumática de descubrir que mis padres y mis seres queridos me habían mentido durante años, pero igual disfruté la navidad. Un saludo! :)"

Si, en ese tono didáctico, meloso y con carita feliz al final. Mi tono empresarial, digamos. De todas formas no logré cooptarla para el lado oscuro de la fuerza, ni a otras personas en el "debate". La lógica de algunos fué la siguiente: "cuando yo era niño mis padres hicieron esto conmigo, ahora yo debo repetirlo", o bien argumentos como el de la alegría de la ilusión infantil. Claro que pareciera que los mismos padres felices cuando sus niños creían ciegamente en ellos, no se daban cuenta de que les producía sufrimiento el "despertar". Un sufrimiento evitable.
Noté lo que he notado en otras ocasiones: una reticencia fuerte a aquello que no encajaba con lo que se suponía debía ser. Acá entra el tema del statu quo. Me ha pasado en otras ocasiones encontrar resistencias semejantes al decir por ejemplo que no como carnes rojas, que no creo que un sentimiento de nacionalidad pueda valer más que una vida... O que no me gusta el cine de Campanella (cuac!)
No debería ya sorprenderme constatar que ciertas actitudes, determinaciones, posicionamientos ideológicos o éticos incomodan a un grupo que no los acepta. Lo que mueve ciertos cimientos puede llegar a enfurecer. Es la resistencia al cambio. Para usar una terminología en boga, la zona de confort social. Y no es que el que aparece como cuerpo extraño sea un inquisidor que obligue a los demás a abandonar sus valores y creencias. El hecho de que alguien piense y diga algo distinto ya es motivo suficiente para que los defensores del orden establecido salten a defenderlo.
No hablo de un fascismo latente ni nada por el estilo. Simplemente este tipo de cosas me hacen pensar en cuanto nos falta cambiar, crecer como sociedad, para realmente respetar la diversidad. Hay un discurso de la tolerancia, que tolera mientras no nos enteremos de lo que el otro hace, dice o piensa. Diversidad sería poder mantener una conversación con alguien que no piensa lo mismo que yo, que no come lo mismo que yo, que no tiene la misma elección sexual que yo. No enojarme, y de ser posible construir algo juntos. Elegí para hablar de esto la anécdota de Papá Noel porque es tan simple y boba que se vuelve ejemplar. Si un sector importante de la sociedad no puede concebir una forma diferente de encarar una cuestión tan simple, y se ofende si alguien propone una alternativa, parece difícil lograr cambios en la forma de tratar la vida y el mundo.
Ahora si, amantes de Campanella, disparen.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Encuentro



Él, croto, arrastrando su barba hasta el pecho, su gorrita verde militar, su montón de parches cosidos que le sirven de abrigo. Rodeado por un aura de vinos en el cordón de la vereda, de revolver contenedores buscando algo que sirva, de todos los aromas que hacen al humano. Su banda de sonido un rumiar constante de palabras angustiosas y felices, las pocas rescatadas del olvido y que se reúnen sin significar demasiado remitiendo a otras palabras, a caras del pasado, a otra vida que fue aunque no parezca. Va mirando las baldosas por calle Entre Ríos.
Ella, altiva, rubia, ocultándose del mundo detrás de los auriculares hi-tech y de los lentes de sol oscurísimos cubriéndole la mitad del rostro. Caniche toy en brazos, un andar pulposo y ondulante bajo las calzas deportivas, preocupada en mantener el ritmo de la caminata y la postura. Mostrándose a los demás como quiere que la vean y nada más, pensando en no pensar y quizás en retrasar el momento del regreso a una cotidianeidad vacía y rutinaria. Arremete a paso firme por calle Jujuy.
Inevitablemente, la esquina los pone cara a cara.

***
 
Epílogo: después del encuentro, la rubia siguió caminando un poco más apurada, no sabiendo si adoptar una actitud de asco o de filantropía. El croto se dió vuelta y le dijo un par de cosas ininteligibles, pero después de un rato volvió a su mundo interior.