jueves, 29 de septiembre de 2016

che
creo que voy a escribir
no sé 
si para que me leas pero
al menos
para saber que estoy acá
creo que voy a escribir
alguna vez
si se me cae una idea
che, no sé
creo
que puedo tener algo para decir
mientras espero 
no esperar más
mientras 
creo 
que puedo vivir
y afuera, frío,
otro cielo 
oscurece y me aleja
de la que fui

martes, 27 de septiembre de 2016

discrimino

Hay diferencia.
Entre: estar y ser;
          ser y hacer;
          hacer y poder;
          poder y querer;
                     y desear, y amar.
Entre
       ver y
              creer y
                         saber.
Entre la imagen y la vida.
Entre el dicho y el hecho.
Entre ayer y hoy
                       (y mañana)
Entre vos y yo.
Hay mucha diferencia.
Menos mal.

jueves, 31 de diciembre de 2015

No-balance

Decir que este año trajo buenas y malas, altas y bajas es un lugar común, pero como casi todo lo banal, no deja de ser cierto. Lo importante es qué hacemos con toda esa banalidad que hemos dado en llamar vida. Para mí, en particular, estas altas y bajas fueron bastante extremas y me recordaron un poquito el ajetreo de vivir, después de una temporada en que me sentí algo estancada. No voy a entrar a hacer listas: los que me conocen saben y los que no imaginensé (que es más divertido). El caso es que estaría amplia y neuróticamente justificado tanto que me descoque como que me encierre a llorar toda la noche, o que me enrede en un balance tan largo y profundo como inutil. Pero elijo celebrar. Y a lo que quiero llegar después de tanto rodeo (la psicóloga dice que es mi estilo y no reniego de ello) es al por qué celebro esta noche.
Este año me puso de frente con algo escencial, la mutación. Lo básico de la vida, vieja. Y de a poco voy aprendiendo a aceptar esa mutación constante a la que nos vemos sometidos, desde lo orgánico a lo más artificial, y formar parte de ese ciclo. Pasaron cosas jodidas este año, pero sigo adelante, aprendiendo. Creo que cuando uno inicia un camino de búsqueda (de la ¿libertad?¿felicidad?¿plenitud?) no puede parar.
Entonces, dicho todo esto, me parece lo más lógico, en una fecha tan arbitraria como humana, salir a celebrar. Celebrar la mutación, que podemos mutar y que podemos hacernos cargo de lo que nos pasa, celebrar las incertidumbres y sobre todo celebrar que existe un mañana, un año nuevo por construir. De a uno, entre todos. Celebrar el camino y todas las personas geniales que me tocó encontrar, todas sus enseñanzas y el hombro inmenso que me aportaron a cada paso. Celebrar que tengamos la chance de hacer un año nuevo, de hacernos de nuevo siempre, de no parar. Celebrar este inmenso castillo de arena que es el universo y después que lo tire abajo una ola. Y volver a celebrar.
Entonces: bailen, canten, amen, jodan, brinden. ¡Y que tengamos un feliz año por construir!

jueves, 8 de octubre de 2015

(Otro) texto virtual en defensa del libro real

Los libros son de papel. No queda otra. Por más que trate, por más que lo lea en .pdf y lo tenga bien guardado en el disco rígido, no puedo sentir que haya leído un determinado libro hasta que no lo hago en papel. Les pido perdón a los árboles y todas las víctimas del mercado editorial, pero el libro físico en mi debilidad, mi fetiche. Qué va a ser.

Hay algo irreemplazable en el libro, y es su dimensión de realidad. Así como no es lo mismo un Van Gogh en el lienzo que en el fondo de pantalla de mi pc, no me comparen .epub con hoja pura y dura solamente porque ambas se leen. Si la lectura está directamente relacionada con la vista (para los que vemos), hay una amplia variedad de sensaciones y sentidos que participan de la experiencia-libro.

Para empezar, la lectura de un libro es siempre una experiencia de introspección, pero como puede ser leído en silencio (mentalmente) o en voz alta, esa introspección puede ser individual o convertirse en un lazo que une los mundos internos de dos o más personas. Por eso es tan importante leerle a los chicos.

Pero hay cuestiones más corporales. Cualquier lector curtido conoce bien el olor a libro nuevo, a libro viejo, a edición más cara o más barata, a papel ilustración o imprenta. Algo similar ocurre con el tacto, sumado a las diferencias entre lomo y tapas, interior y exterior de este pseudo prisma rectangular. Ni que hablar del vientito en la cara cuando se pasan rápidamente las hojas de un volumen grueso. El tacto de un libro no es siempre el mismo, varía si está abierto o cerrado, si lo estamos leyendo, hojeando o llevando, más allá de las características de cada ejemplar. Cada libro tiene, además un peso específico y determinadas características que lo hacen más o menos dúctil en determinadas situaciones. Tapa dura o blanda, cosida o pegada, enciclopedia o pocket: cada uno va con una situación y un momento de la vida, y pueden cambiar hasta el contenido de lo que leés.

Esto último me remite a un punto interesante, que es el del libro como acompañante (si, ya empezaba a delirarla). Cada lector tiene su(s) momento(s) y lugar(es) para ejercer. Yo personalmente leo sobre todo antes de dormir y, si no me duele la cabeza, en bondi. Esto no sólo implica contar con una infraestructura adecuada (por ejemplo, no concibo la ausencia de mesita de luz y un respaldar/almohadón en mi dormitorio), si no también el formato de libro propicio.

Acá me van a decir: “pará, no seas fundamentalista, si un libro electrónico también lo podés transportar con vos, y además de práctico te permite llevar cientos de…” Y ahí está el asunto. Porque parte del encanto de un libro como acompañante es esa intimidad que se genera entre vos y ese alter-mundo único y contenido en x cantidad de páginas. No es solamente que no voy a leer más que un libro a la vez, sino que precisamente hoy que todo-está-al-alcance-de-todos-todo-el-tiempo (respira) en la Red de redes, la presencia física de algo, un refugio individual y completo en el que sumergirnos, marca la diferencia.

(Todo lo cual no implica que si me voy en un viaje largo me vaya a llevar una valija de cincuenta kilos cargada de libracos y que no me puedan regalar ese lindo chiche que es el libro electrónico para las próximas festividades capitalistas).

Para ir resumiendo un poco, hay muchas cosas que podés hace con, y sólo con, un libro físico. A los libros, entre otras cosas: podés apilarlos/amontonarlos/apelmazarlos. Podés imaginar ríos, lagos y continentes en los surcos de una página apolillada (eso te pasa por dejar los libros apelmazados). Podés pasar horas en una librería/biblioteca hojeándolos –y no comprar nada. Podés dedicarlos. Podés respetarlos más que a tu vieja o escribirlos, subrayarlos, doblarles las esquinas. Podés arrancar la hoja que acabás de leer, pasársela a tu acompañante, que la lea y la tire por la ventanilla del tren que va de Córdoba a Salamanca, como cuenta que hizo Cortázar alguna vez.

Un libro es una unidad y una totalidad, no se necesita más que a sí mismo (y al lector), a la vez que sintetiza un universo propio. En un tiempo en que todo nos llega fragmentado, incompleto, no veo nada más insurrecto que la búsqueda de un sentido.

Y más allá de todo, coincidas o no, algo que no podés dejar de hacer con un libro es leerlo.

--


Yapa. Una desventaja del libro real: no tiene F5.

viernes, 21 de agosto de 2015

Carnaval toda la vida

Hace unos días anduve por la última edición de la CBB.[1] Fui a ver la charla que dio Leonardo Oyola y, para qué negarlo, a pulir un poco mi costado friki (soy nerd de los libros y del cine, aunque no consumo prácticamente nada de superhéroes). Llegamos temprano y dimos una vuelta, había gente pero se podía circular. Más tarde ya no: la marea de gente, o mejor dicho el pantano, convertía a la acción de moverse en desafío olímpico. Creo que el record lo obtuvo este año un chico por 14’ 52’’ en los 3 metros llanos. Pero bueno, era el último día[2] y además estaba el desfile de cosplay. Que cómo te explico. 
Tratando de transmitirle el concepto de lo que fue el concurso a una amiga que, según ella, hace dos días que se enteró que existía esa palabra, le dije que es como el carnaval, pero con gente que carga mucho comic y dibujito japonés (y fantasía heroica, videojuego, etc, hay mucho para agregar). Ella respondió que seguramente sin los cuerpos esculturales de Río, pero yo prefiero pensar en el carnaval de Venecia o en los barriales. Bueno. El caso es que la lógica más o menos se repite. Antropológicamente, el carnaval es un momento de suspensión y subversión de las jerarquías sociales, un corrimiento de los lugares establecidos por la sociedad para cada uno, durante el cual se visibiliza aquello (situaciones y sujetos) que permanece oculto el resto del año. El aquelarre de los nerds[3] tiene algo de eso. En primera instancia, pone en escena durante algunos días y para toda la ciudad una cultura que, por más miembros que pueda tener o por mainstream que se hayan vuelto las películas de Marvel, permanece desconocida para mucha gente. Porque tu vieja, a pesar que se haya pasado la tarde cosiéndote el dobladillo del traje a máquina porque no llegabas, no tiene idea de quién es Deadpool (no te preocupes que ya está por ponerse de moda). No es solamente que los medios cubren el acontecimiento (más allá de que recién se enteran de la movida y no se sabe bien si es la nota de las colectividades o la del zoológico de Luján), sino porque son las calles (y las redes sociales, desde hace rato flor de ágora), las que cobran nuevo significado al poblarse con la manifestación de eso otro que por regla general es marginal. Los cosplayers van desde la adolescencia hasta bien pasados los treinta; varones y mujeres; son esas personas que tienen un look estrafalario en cualquier momento del año pero también son los otros, los “normales.” Sobre todo son aquellos que no condicen del todo con el estereotipo de lo que deberían ser para su edad/género/actividad/rol social. No en balde el término freak es tan significativo. Lo que para algunos puede resultar una actividad sin sentido, incluso infantil o ridícula, para otros consiste en poder, por cuatro días al año, mostrarse como son, abierta y públicamente. Igual que un superhéroe, la verdadera identidad es develada a la hora de vestir el disfraz. (Acá no puedo dejar pasar la referencia obligada al fantástico monólogo de Bill acerca de Superman).
La convención tiene algo más, una cuestión de ida y vuelta y de construcción colectiva que es necesario destacar. No es un espectáculo, ni mucho menos sólo una feria de comics. Si bien el evento cuenta con los stands, cuyo contenido va de los clásicos hasta las producciones más locales e independientes, y con las actividades programadas (charlas, muestras, clínicas, etc.), su realidad las excede. Resulta que como en muchas ocasiones, lo más interesante pasa en otro lado. Es un acontecimiento social, un lugar de encuentro para los fans donde se refuerzan los intercambios y los vínculos de una comunidad que existe por fuera de la CBB. Funciona tanto como espacio de inserción, casi ritual identitario, como de conexión entre el fandom y los autores/artistas, pero también con los lectores ocasionales, con los que son de un palo amigo y de todos ellos con la sociedad en general.
Carnaval se termina, los pibes y las pibas vuelven a ponerse el traje de bicho raro, de tu compañero de facultad, de la chica que atiende el mini de la otra cuadra o de tu primo adolescente, el que no tiene novia. Pero no te preocupes que seguro tiene un montón de amigos y en la cabeza un universo fantástico que lo va a acompañar toda la vida.[4]


[1] Para el otario que no se enteró, la Crack Bang Boom es una convención internacional de historietas que se viene haciendo en Rosario desde 2009.
[2] Para colmo coincidía con el día del niño; padres, no lleven a las criaturas a un evento así sólo porque va a estar Chewbacca y está nublado.
[3] Si, es una metáfora horrible.
[4] Posdata: creo que gran parte de lo dicho acá, salvando las especificidades, aplica también en otras manifestaciones públicas y colectivas de minorías sociales. Pienso por ejemplo en las manifestaciones por el día del orgullo gay. 

lunes, 17 de agosto de 2015

Escritura automática

Él escribía. No sabía cuántas horas había estado así, ni cuántas páginas había logrado llenar: sólo era consciente de que su vida nunca había dependido tanto de la escritura como en este momento, por el simple hecho de que si paraba de escribir moriría. Ya ni prestaba atención a las palabras. Si al principio había intentado narrar las circunstancias que rodeaban su situación actual, analizarlas, explicarlas, después de un tiempo el relato comenzó a perder consistencia. Enhebraba temas diversos sin tratar de crear conexiones lógicas, o repetía variantes de una misma idea hasta construir un fractal infinito. Después de todo, lo importante era seguir adelante, no parar. Además, una vez superada cierta barrera de resistencia inicial, ya no necesitaba elaborar un concepto en su cabeza antes de plasmarlo, sino que pensamiento y escritura se gestaban en un mismo movimiento continuo, automático. Recordaba un poco esa práctica de espiritismo llamada escritura automática en el que el ser sobrenatural usa el cuerpo de un médium para transcribir su mensaje, que tanto había fascinado a los surrealistas hasta el punto de utilizarlo como ejercicio literario. Él mismo estaba en una especie de trance, con su voluntad sumida en un único imperativo. No sabía cuánto tiempo le quedaba, o cuántas páginas le restaban por llenar antes de que pudiera abandonar su tarea. Tampoco estaba seguro de que pudiera hacerlo en algún momento. Siguió escribiendo, aferrándose a eso que era como un lazo con la vida, a pesar de que tenía la mano acalambrada, dolorida por la presión del plástico. Terminó una hoja de letras pequeñas y amontonadas, casi imposible de leer, la dejó junto a las otras esparcidas por la mesa y el suelo, y tomó una en blanco de la pila. El azul oscuro empezó a empalidecer a mitad de la primera línea. El intentó reforzar el trazo, sin remedio. La lapicera se había quedado sin tinta.

domingo, 5 de julio de 2015

Cambio(s)

Cada vez me convenzo más con eso de que una determinada predisposición de ánimo influye en las cosas que nos pasan, o dicho de otra forma, que nada de lo que nos pasa es absolutamente fortuito sino que también tiene que ver con lo que nosotros estamos en posibilidad de recibir. Me imagino la existencia de una fina linea entre la casualidad y la causalidad, eventos de los que no somos responsables pero estamos en posibilidad (ojo, no digo preparados) para recibir.
Hace de principios de este año que empecé a estar dispuesta, abierta al cambio. Un nuevo trabajo, que transformó mi rutina. La inminencia de terminar mi cartera y recibirme, hecho que hasta hace un mes o dos me llenaba de miedo y ahora, finalmente, espero entusiasmada. Pero abrirse al cambio tambien hace que ocurran cosas que no deseamos, que estaban latentes esperando el momento de surgir. Es el caso de una relación larga y fundamental en mi vida que termino abruptamente. Esto literalmente me cambio la vida, no solo respecto al presente sino al futuro que soñaba. Ahora  tengo que construir de nuevo un montón de cosas, y es abrumador pensar en el pasado, en lo que podríamos haber llegado a ser... Pero está fuera de mi alcance volver a lo que tenía, fue decisión de otro. Y tengo que seguir.
Creo que en cierto punto yo tambien deseaba un cambio, definitivamente no en el sentido que se dio, pero era un cambio que ese resto permitió. Obvio, yo hubiera tomado un rumbo distinto, pero es parte de la vida aprender que esta no siempre te da los gustos, y aceptar no decidir, sobre todo cuando se trata de relaciones con otras personas. Es que en esto esta el viejo tema de "mi libertad termina donde empieza la tuya"... Y no podes obligar al otro para que te quiera o sea feliz a tu lado.
Ahora me voy a tomar un tiempo de introspección para procesar todo. Para que se vaya el dolor. Para que mis células se regeneren. Para crecer. Para ser feliz otra vez. Va a ser un largo tiempo.
Pero también es parte del cambio que pedí. Una transformación es algo doloroso, que implica perdida. Aunque no se como va a ser el futuro, solo se que la vida sigue, y que cada vez me enseña más.

jueves, 2 de julio de 2015

patas arriba

Todavía no puedo procesar esto. El mundo se convirtió en una de esas habitaciones giratorias que usan en televisión, y no consigo mantenerme en el suelo porque ahora esta arriba, pero la gravedad esta en el techo y eso no me parece bien. No me gusta nada. Entonces corro por las paredes tratando de volver a donde estaba, de mantenerme con los pies en el piso, pero como usted se imaginará me veo ridícula, desesperada y loca. Debe ser que soy medio lenta y no logro aceptar que lo que hasta hace diez minutos (o diez días) era el suelo ahora este sobre mi cabeza, que la mesita del comedor sea una araña (debe estar atornillada) y que yo este arrinconada en lo que fue una esquina del techo tosiendo con la tierra acumulada que flota hecha polvillo debido al estremecimiento.
Cierto, estoy desvariando. Creo que si me enfrento a la realidad desnuda en este momento, sin mediarla con algo de fantasía, tendría que colapsar. Para evitar eso inventamos la ficción, no? Esto que me esta pasando es demasiado grande para comprenderlo; se parece (quien no lo habrá experimentado) a querer pensar en el universo. Algo tan incomprensible, tan más-allá-de-nosotros, que no alcanzan las neuronas para hacer toda la sinapsis que hace falta. Igualito, con la pequeña diferencia de que esto es mucho más cercano que todo el universo - por tanto más real.
Eso, en lo que respecta a la cabeza. Acerca del corazón mejor ni les cuento. Es la primera vez que se rompe.

martes, 5 de mayo de 2015

Oficina

En un momento miró al costado y vió por primera vez al chico del box contiguo. Hacía casi un año que estaba en la oficina y nunca le había visto la cara. Tenía el pelo y los ojos negros, ojeras, la piel pálida, la barba apenas crecida. Miró los demás escritorios, el piso alfombrado, el cielorraso de telgopor. Todo parecía nuevo. Es decir, seguía siendo la misma oficina apenas limpia, con manchas de humedad y el revoque un poco descascarado en las esquinas, pero para él era como si fuera la primera vez que la veía. Se levantó como para despejarse. Pensaba agarrar el camino que hacía siempre, por la escalera de la derecha hacia el baño de caballeros, pero se acordó que habían sacado el dispenser. Para arreglarlo porque no enfría o no calentaba el agua, algo. No quería tomar agua de la canilla, así que en lugar de eso dobló para la izquierda y empezó a recorrer el piso. No había ido nunca por ese lado, no sabía si había otro baño, pero igual enseguida se olvido de buscar agua. No sabía que la oficina fuera tan grande. Caminó, errando, curioseando entre la gente. Le pareció divertido, se sentía una especie de flaneur en versión indoors. Era lo más normal del mundo, un tipo por los pasillos, llevando papeles de un escritorio a otro o yendo a comprar comida, o escapándose para fumar un pucho. Sí, salvo que no era ninguna de esas cosas, es más, para el tipo en cuestión ni siquiera estaba claro de qué se trataba. No desentonaba y sin embargo había algo incómodo, era como estar usando ropa ajena, como ir a una cena de solteros con tu pareja. Pero al mismo tiempo que se confirmaba en su cabeza la idea de que no tenía que estar ahí, de lo absurdo que era ese deambular, se dio cuenta de que nadie le prestaba atención, de que podía hacer lo que fuera que nadie lo iba a parar. Era una especie de espía que había logrado mimetizarse con el ambiente, el wallflower con el que hubiera soñado Bond, el perfecto ninja. Se animó a sumergirse en las escaleras piso abajo. A medida que se alejaba de su box la sensación de descubrimiento era más fuerte. Ni una cara conocida. Y pasaba por ese pasillo todas las mañanas (¿pasaba?). Saludó a un par de personas. A una chica le sonrío y le medio guiñó un ojo, y ella le coqueteó. Nada que ver. Era como no ser él. Ahora, en la planta baja, entraba un sol bárbaro. La puerta de doble hoja que daba a la calle dejaba entrar la luz del mediodía, como un reflector que apunta al escenario. La luz del reflector le dio calor, transpiraba igual que debía transpirar el maestro de ceremonias antes de presentar el espectáculo principal, y eso que estaba el aire acondicionado prendido. Bueno, ahora como seguir. No tenía sentido volver al box, de todas formas ya lo habría ocupado alguien más. Si él no era de ahí. Siguió caminando, el sol le daba en la cara y quemaba lindo, las primeras hojas de otoño crujían en las baldosas de la vereda. Sonrío de su travesura, había estado bien en salir antes de que se dieran cuenta.